Nunca lo
imaginé como tal. Su aspecto, su forma de hablar y comportarse me pareció
siempre de lo más normal. En la distancia corta su trato era cercano y
sencillo, como el de cualquier persona con la que charlas de modo informal, sin
profundizar demasiado en ningún tema y picoteando un poco de aquí y allá. Yo
apenas lo conocía porque acababa de mudarme como médico a aquel pueblo del
pirineo navarro. Las pocas veces que él se había acercado a la consulta me
ofrecía una mirada lúcida y transparente. Apetecía charlar con él, sentarse un
rato en un banco al sol y dejar pasar el tiempo, sin más. A su lado, respirando
la vida tranquila del pueblo, la normalidad.
imaginé como tal. Su aspecto, su forma de hablar y comportarse me pareció
siempre de lo más normal. En la distancia corta su trato era cercano y
sencillo, como el de cualquier persona con la que charlas de modo informal, sin
profundizar demasiado en ningún tema y picoteando un poco de aquí y allá. Yo
apenas lo conocía porque acababa de mudarme como médico a aquel pueblo del
pirineo navarro. Las pocas veces que él se había acercado a la consulta me
ofrecía una mirada lúcida y transparente. Apetecía charlar con él, sentarse un
rato en un banco al sol y dejar pasar el tiempo, sin más. A su lado, respirando
la vida tranquila del pueblo, la normalidad.
Y poco a poco fuimos dejando
crecer esa amistad que se da entre dos personas cuya edad difiere lo suficiente,
generaciones tan alejadas como para contarse cosas que sorprendan. Y las
conversaciones banales dejaron paso a las relevantes, y estas a las
transcendentes. Y un buen día me sorprendió glosando la Crítica de la Razón Pura,
de Kant. Aquello nos llevó a charlar sobre filosofía, sobre la esencia del ser
humano y sobre lo liviana que puede llegar a ser nuestra existencia si no le
imprimimos una cierta dosis de profundidad.
crecer esa amistad que se da entre dos personas cuya edad difiere lo suficiente,
generaciones tan alejadas como para contarse cosas que sorprendan. Y las
conversaciones banales dejaron paso a las relevantes, y estas a las
transcendentes. Y un buen día me sorprendió glosando la Crítica de la Razón Pura,
de Kant. Aquello nos llevó a charlar sobre filosofía, sobre la esencia del ser
humano y sobre lo liviana que puede llegar a ser nuestra existencia si no le
imprimimos una cierta dosis de profundidad.
Nuestra
amistad se afianzaba mes a mes y cuando llegó el otoño me confesó que le quedaba
poco para iniciar el largo viaje. Y me habló de física cuántica. Explicó su
futura muerte en términos de partículas elementales y cuando me di cuenta me
había quedado embelesado. Me preguntó qué me sucedía y no pude más que dejar
una lágrima correr por mi mejilla. Le pregunté a qué había dedicado su vida y
su respuesta fue tremenda: Siempre he querido ser mejor de lo que he podido
ser, me contestó.
amistad se afianzaba mes a mes y cuando llegó el otoño me confesó que le quedaba
poco para iniciar el largo viaje. Y me habló de física cuántica. Explicó su
futura muerte en términos de partículas elementales y cuando me di cuenta me
había quedado embelesado. Me preguntó qué me sucedía y no pude más que dejar
una lágrima correr por mi mejilla. Le pregunté a qué había dedicado su vida y
su respuesta fue tremenda: Siempre he querido ser mejor de lo que he podido
ser, me contestó.
Hoy ya no
está conmigo. Yo sigo viniendo a este banco muchos domingos por la mañana. Me
siento un rato, dejo que los rayos de sol me impacten y me transporto a
aquellas conversaciones con él, a nuestra cotidianidad que convivía con ese
mundo de ciencia y sabiduría que él exploró y que le llevó a trabajar en la
NASA, algo que descubrí al poco de su muerte. Y sonrío. Me doy cuenta de lo
sencillo que es ser un sabio, de que lo más normal e insignificante es lo más
importante cuando se tiene un cerebro tan bien amueblado. Y entonces me
despido. Le saludo y le emplazo a que su onda cerebral, allá por donde se encuentre
me acompañe el próximo domingo sentado al sol.
está conmigo. Yo sigo viniendo a este banco muchos domingos por la mañana. Me
siento un rato, dejo que los rayos de sol me impacten y me transporto a
aquellas conversaciones con él, a nuestra cotidianidad que convivía con ese
mundo de ciencia y sabiduría que él exploró y que le llevó a trabajar en la
NASA, algo que descubrí al poco de su muerte. Y sonrío. Me doy cuenta de lo
sencillo que es ser un sabio, de que lo más normal e insignificante es lo más
importante cuando se tiene un cerebro tan bien amueblado. Y entonces me
despido. Le saludo y le emplazo a que su onda cerebral, allá por donde se encuentre
me acompañe el próximo domingo sentado al sol.

