No sé si te acuerdas, pero cuando llegó el momento de la
verdad, el momento crucial, me dijiste que me querías, que harías todo lo que
estuviera en tu mano para quedarte conmigo, a pesar de todo cuanto tu amante te
había prometido tiempo atrás, recuerda, como que eras su mundo, que eras su
otra mitad, que él siempre estaría contigo por encima de todo. Y, sin embargo,
pasado un tiempo, se desdijo de todo lo que te había dicho, se olvidó de sus
promesas, de sus frases con sentencia, de sus aterciopeladas mentiras y tú le
recordaste todo lo que habías escuchado de su boca y le exigiste que mantuviese
su palabra, que repitiese todo cuanto te había dicho cada noche que pasaste con
él, mientras yo me consumía en mi rincón, huérfano de amor y excedente de
tristeza.
Sí, todo aquello me dolió, pero como te acabo de decir, en
el momento preciso, cuando más lo necesitaba, me dijiste que me querías a mí.
No me importa ser segundo plato. No me afecta recibir las sobras de tu amor. No
me perturba saber que lo máximo se lo diste a aquel que te dijo que haría y
luego te dijo que no. Porque yo siempre he sabido que dentro de ti esperaba una
semilla de amor. Una pequeña muestra que tarde o temprano germinaría en tu
interior y por ello, siempre me prometí a mí mismo que volveríamos a estar
juntos.
Y ahora míranos, aquí estamos abrazados. Nuestros cuerpos
desnudos frente al mar, con la única compañía de la luna y la brisa que
emborracha mi pasión por ti.
Soy feliz. Soy dichoso. Quiero olvidar todo lo que tu amante
te dijo y tú me repetiste a mí una y otra vez para justificar tu abandono y
para dejarme solo. Sí, todo eso es el pasado y mi corazón mira al frente, al
futuro, libre de ataduras, de frases, de discursos vacíos y me invitan a
decírtelo una y otra vez, una y otra vez, una y otra….
—¡Te quiero!

