Procesionamos

Más de treinta años han pasado desde la última vez que me
vestí de cofrade. De la cofradía del Rosario, la más numerosa de cuantas
conforman (nueve) la procesión de Viernes Santo en Belchite. Nuestra (y digo
nuestra en plan un poco egoísta porque en realidad he estado apartado de ella
tres décadas, viajando por el mundo y ocupado en los quehaceres de la vida)
cofradía tiene el paso que representa a María recogiendo a Jesús cuando
desciende de la cruz, un momento que siempre me ha parecido enigmático. El
momento en que una madre auxilia a su hijo moribundo. Y esta vuelta a mis
veintitantos me ha hecho recapacitar sobre en qué momento perdí la fe. ¿Fue
durante mis cuatro años de internado en un colegio de frailes que, por otra
parte, siempre me trataron muy bien y me sentí muy querido? ¿O quizá la había
perdido ya mucho antes? Es difícil delimitar ese momento que se difumina entre
una evolución adolescente en la que me empecé a cuestionar tantas cosas sobre
la existencia, la autoafirmación, el relativismo de la opinión de todos los que
me rodeaban y sobre el valor de la familia.

Y este año, en 2022, inmersos en un mundo lleno de tragedias,
invasiones, pandemias y demás inflaciones vitales, decidí vestirme de nuevo de
cofrade. Como si el tiempo no hubiese pasado, como si mis dudas y mis
reflexiones siguiesen en mi cabeza, intactas.

La noche de Viernes Santo siempre fue silenciosa en
Belchite. Los participantes, centenares, respetan ese silencio ubicuo que ayuda
a la introspección, a la búsqueda del Dios en el que creen tantos creyentes y
que, sin embargo, yo nunca encuentro. Una hora y media larga procesionando en
silencio, con mi hermana siguiéndome, vestida igual que yo, como cuando lo
hacíamos de jóvenes. Faltaba nuestro padre, ahora en su reducto de memoria
efímera, y de articulaciones artrósicas que, estoy seguro, nos acompañó en
espíritu. Siempre me he preguntado por qué la Cofradía del Rosario tiene tantos
componentes. Es, como decía antes, la más numerosa. La más vital, quizá.
Difícil de saber.

Lo que sí resultó estimulante fue comprobar que la fe de un
pueblo, o quizá, simplemente la tradición cultural teñida de esa fe, sigue tan
viva como siempre. Más quizá después de dos años pandémicos encerrados en
nuestras casas. Y que la tradición se mantiene y perdura en las nuevas
generaciones. Que no es algo baladí ni anticuado. Que respira vida, respira
silencio, respira una búsqueda de la fé impertérrita y tal vez fructífera.

 

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