Hace mucho tiempo que tengo a Nuria Espert como uno de mis
referentes de persona luchadora, innovadora y congruente. Creo que pocas
actrices o directoras pueden atesorar una carrera como la suya en el cine, en
el teatro y en la dirección de ópera y siempre que la he escuchado en
entrevistas me parece que aporta un canto a la racionalidad y al sentido común
en su entender de la vida junto con una entrega completa al teatro más
vanguardista, combinado con el más clásico. Mi admiración hacia ella ha llegado
a un punto en el que muchas veces, en mi propia vida, ante una disyuntiva en la
que me planteo qué hacer, cómo reaccionar o hacia donde tirar, me pregunto cómo
lo resolvería o qué diría Nuria Espert. Pues bien, su actuación en la obra La
isla del aire, adaptación de la novela de Alejandro Palomas, un relato
sobre la familia en femenino, en el que se desgranan secretos, píldoras de
humor y catarsis entre una abuela, dos de sus hijas y otras dos nietas, hace de
ella una experiencia teatral auto reflexiva y transversal.
Es curioso cómo volver a una obra de teatro más
convencional, en la que el texto predomina o protagoniza por encima de la
escenografía o los efectos, me ha resultado tan interesante. Lejos del teatro
facilón de comedia en el que la carcajada es importante o de la gran
escenografía con efectos escénicos, La isla del aire destaca precisamente
por todo lo contrario, por la solidez y profundidad del texto, por las
reflexiones que nos plantea sobre la vejez, la soledad, la incomunicación en la
familia o los secretos que guardamos en rincones donde se llenan de polvo y que
más a menudo deberíamos desempolvar y airear para que no se pudriesen.
Nuria Espert está magnífica. Es sensible en algunos momentos,
histriónica en otros, rompe con un toque de humor en una dosis adecuada y guía
el discurrir de la trama a través de las ramificaciones de su propia familia
teatral, sus dos hijas, interpretadas magistralmente por Vicky Peña y Teresa
Vallicrosa y sus dos nietas, Miranda Gas y Candela Serrat. Todas ellas dirigidas
por Mario Gas, que lo tengo muy grabado en mi memoria porque cuando Nuria
rechazó inicialmente dirigir La casa de Bernarda Alba en Londres con Glenda Jackson,
estaba de gira con Salomé dirigida por él mismo.
La obra nos hace pasar por momentos que yo personalmente he
vivido ya, reflexionar sobre lo que sucede al llegar la vejez, qué hacer con
los cuidados, cómo repartir nuestro tiempo entre nuestros seres queridos y cómo
casar todo eso en nuestra conciencia de forma adecuadamente aceptable.
El teatro Romea fue otro de los iconos que me hizo acercarme
a ver esta función, porque fue donde la propia Nuria Espert comenzó hace 74
años. Ahí es nada. Magnífico escenario, teatro repleto un miércoles y el público
puesto en pie aplaudiendo durante bastantes minutos son prueba fehaciente de
que cuando el teatro se interpreta con calidad, con la base de un texto sólido
y la baza de la solvencia de grandes actrices, el éxito está asegurado.
Cuando gire por España os recomiendo que no os perdáis esta
obra. La disfrutaréis.



