



Tendría yo escasos catorce años recién cumplidos cuando, en mi pueblo, donde no había centro comercial ni tiendas de música, claro, estamos hablando de principios de los ochenta, encontré por casualidad en una tienda-todo, esas tiendas de los pueblos donde encuentras cosas inverosímiles, una cinta de cassette de Tina Turner. Se titulaba Private Dancer. Yo no sabía ni inglés (soy de la época en que se estudiaba francés) ni quién era esa mujer pero por alguna razón la imagen de la carátula de la cinta me impactó y le pedí a mi madre si me la podía comprar.
Tengo perfectamente grabado en mi memoria el momento en que la escuché por primera vez en un radio cassette que tenía yo por esa época, de esos con un asa que se llevaban de un lado a otro. El recuerdo es nítido y placentero. Era, oficialmente hablando, mi primer disco, aunque fuese en formato distinto (el tocadiscos llegaría muchos años después).
Private Dancer supuso el renacer de Tina Turner después de sus décadas como Ike and Tina con un estilo muy diferente. Abrazó el pop y se convirtió en un fenómeno musical masivo con giras mundiales que superaron con creces sus éxitos de los 60 y 70.
Todavía puedo canturrear muchas letras de ese disco porque las leía una y otra vez mientras las escuchaba (sí las cassettes también traían las letras, cual enorme prospecto farmacéutico), y cuarenta años después mi memoria no falla al cantarlas.
Yo tenía tres canciones favoritas: Private dancer, I can’t stand the rain y What’s love what to do whit it.
Años después me convertí en fan absoluto y ya, con más ahorrillos de mis clases particulares, fui comprándome los siguientes discos: Break every rule, Tina Live (In Europe), un doble en directo que me alucinaba, Foreign Affair, y los que vinieron después hasta The best, que fue el otro super exitazo y que volvió a dar a conocer a Tina a nuevas generaciones que son las que nombran esta canción como su gran éxito comercial.
50 años de carrera musical es algo que pocos artistas pueden atesorar. Tina los desarrolló con altibajos pero con una personalidad única y arrolladora. Recuerdo que ya en los primeros ochenta se rumoreaba que su edad real era muy superior a la que se decía que tenía y es que la genética que le tocó al nacer le permitía mostrar una juventud inusitada. Sus pelucas, su forma de bailar, su voz rota y su gran potencia en el escenario son tesoros que ha dejado para la posteridad.
Tina, vuela alto y sigue cantando que allá donde llegues volverás a triunfar. Estoy seguro.

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