
Este mes tuve la fortuna de asistir a la representación de El lago de los cisnes, en el Teatro Apolo de Barcelona a cargo del Ballet Clásico de Cuba. Fue una experiencia muy enriquecedora porque hoy en día es difícil encontrar espectáculos con tantos bailarines en escena al mismo tiempo. Pensé que el teatro estaría medio vacío, porque era un martes cualquiera pero mi sorpresa fue cuando encontré un público variopinto y lleno de gente (el teatro estaba lleno hasta la bandera): Parejas jóvenes, familias con niños, personas de una cierta edad, asistentes que acudían en solitario como yo, hombres, mujeres, grupos de amigos. De todo. Y para un espectáculo de danza clásica. Por eso estoy enamorado de Barcelona. Porque siempre, siempre, hay interés por la cultura, sea del tipo que sea, y cuando sea.
El argumento es el clásico del encantamiento de una princesa que se transforma en un cisne blanco durante el día de manera que el príncipe, obligado por su madre a buscar esposa durante un baile real, es engañado por la hija del brujo que se transforma disfrazada en princesa, aunque viste de negro. Y el príncipe acepta desposarse con ella. La princesa, en la orilla del lago, cuando se entera de la traición se apena y cuenta todo a sus amigas que también han sido hechizadas. Pero el príncipe, que se da cuenta cuando ha ido con sus amigos a cazar le pide perdón y le jura amor eterno de manera que para romper el hechizo elijen ahogarse en el lago durante la noche, mientras la princesa tiene su forma humana.
Un gran sacrificio por amor, por el amor puro. Una partitura excelente que yo empecé a escuchar cuando era adolescente gracias a los arreglos y mezclas de cassettes que me compraba cuando ahorraba algo de dinero y que me llevaron a que Tchaikovski se convirtiera en uno de mis compositores favoritos.
Y aquí sigo, cuando puedo, yendo al ballet a disfrutar de él. Lo recomiendo. Es un remanso de paz, disfrute artístico y alimento espiritual.
