Anteayer me fui a hacer mi caminata matutina a las seis en punto como cada mañana y para la escucha me puse la entrevista a la primera gataparda de la temporada de El Faro, el fantástico programa de Mara Torres, que fue a la actriz Ana Wagener. En la entrevista explicó cómo tenía que clavarse las uñas en las palmas de las manos para no ponerse a llorar en pleno rodaje ante la dureza de la historia que estaban grabando. El comentario me impactó mucho y me movió la curiosidad para ver la película. Ya había visto otras actuaciones de la actriz y me había gustado mucho, por ejemplo, en Contratiempo, de Oriol Paulo donde está impresionante.
La película La voz dormida está dirigida por Benito Zambrano, que ha dirigido 5 de las que he visto tres magníficas (esta misma de la que estoy escribiendo, Solas y Pan de limón con semillas de amapola, que descubrí en un viaje de Qatar Airways y que me hizo llorar durante todo el vuelo para la sorpresa del pasajero que tenía al lado)
Y vuelvo a La voz dormida. A la posguerra española, a la dureza de las cárceles, al maltrato al que eran sometidos los presos (en este caso sobre todo las presas), a la crueldad de la iglesia de aquel momento, a la necesidad de sobrevivir y a los sentimientos. La película es pura magia para los sentimientos. Es llanto incontenible y es una mirada imposible de olvidar, la de María León cuando mira por última vez a Inma Cuesta, sabedora de que la van a matar.
Cuando un espectador como puedo ser yo se coloca frente a la butaca y escucha y mira lo que sucedió en esos años, no tan lejanos, y entiendes que tu vida podía terminar por una absurda decisión de un impresentable decisor de vida o muerte, por un inquisidor de la guardia civil o por un gobernador retrasado e inculto, la espalda te da un escalofrío. Porque Benito consigue eso, consigue transportarte a aquel escenario y sentir el aliento de la muerte en la nuca, sin razón, sin un mínimo argumento que justifique una detención, casi en el absurdo. Y se puede sentir la solidaridad entre las presas, la fuerza del grupo, la lucha interminable por defender unos ideales que hoy se vilipendian y hasta se hace chascarrillo de ellos, frente a la total libertad que tenemos en toda nuestra vida, pero que en un momento determinado suponía la vida o la muerte.
Las actuaciones de las actrices me parecen espléndidas. María León (que ganó su Goya más que merecido) es simplemente brutal. Ana Wagener, con esa continencia, mostrando algo de humanidad en una falangista poco convencida de ser funcionaria de prisiones igual, o Inma cuesta, que demuestra con un simple primer plano de cara su verdad y su credibilidad como actriz. También me conmovió mucho Lola Casamayor, que hace de Reme, una de las presas que más tristeza destila en la película.
Como curiosidad final, el personaje de Marc Clotet (chaqueta negra) le dice a María en un momento algo… «a partir de ahora me llamo Jaime Salas y soy de Belchite». Muy curiosa la mención a mi pueblo (famoso por la batalla de Belchite durante la Guerra Civil) aunque la acción transcurre entre Huelva y Madrid.
Estoy escribiendo una novela en la que hay un trasfondo o una cierta tangencialidad con el momento del régimen franquista de la posguerra y ver la película me ha dado ciertas claves, me ha hecho llorar por supuesto, y me ha vuelto a convencer de que Dulce Chacón escribió una gran novela, y de una gran novela Benito Zambrano consiguió rodar una gran película.
Una gran película. Una gran historia.

