
Había diseñado un edificio al revés.
Y un día, gracias a su punto de vista diferente y a su relativismo, le fue concedido el premio Pritzker.
Diseñó proyectos vanguardistas y creó su despacho en el que dio cabida a jóvenes aspirantes que ofrecieran algo diferente a lo establecido.
Se había graduado en arquitectura de forma brillante y comenzado una carrera de éxito sin precedentes en su familia que lo llevó a vivir a caballo entre Londres y Hong Kong, tras haber estudiado en la mejor universidad.
Y así se encontró en el otro lado del cristal, ese desde el que tanto había sido criticado y entendió que siempre cada cual puede crear su destino.
Había conseguido transformarse en un apuesto hombre adulto que arrasaba tanto con hombres como con mujeres, gracias a haberse introducido en el mundo del cuidado del cuerpo y de la alimentación sana.
El crecimiento hormonal le había regalado un físico casi perfecto, genético, sin necesidad de cultivarlo con el ejercicio.
Modernizó su aspecto.
Cambió su estilo.
En la adolescencia comenzó su rebelión contra ese entorno que había sido tan hostil con él.
Muchas veces terminó llorando de regreso a casa, pero nunca fue descubierto en ese estado por ninguno de sus mayores.
Tenía pocos amigos y a menudo era objeto de burlas y hasta en ocasiones de humillaciones.
Prefería la tranquilidad de su cuarto, estudiando, y descubriendo nuevos mundos científicos.
Tampoco fue bueno en gimnasia.
No le gustaba nada el fútbol, así que en su pueblo fue el único chico que prefería leer un libro en el recreo.
Y como era un poco retraído evitaba siempre el conflicto y se aislaba en su mundo, creado poco a poco para sí mismo. En el colegio le consideraban raro y poco sociable.
Desde pequeño fue un niño incomprendido.
