Pues eso, como dice el refrán: “Al pan, pan y al vino, vino.” O lo que es lo mismo que llamemos a las cosas por su nombre y que nos olvidemos ya de una vez de los complejos que arrastramos. Que sí, que hay cosas en la vida que son lo que son y que no es necesario ni recomendable cambiarlas porque de ese modo llegan al absurdo. Y que debemos olvidarnos ya de los complejos que tenemos todos, y desde todos los grupos de opinión y políticos por ser claros y transparentes con nuestras opiniones. Basta ya de corrección política apastelada y ridícula.
Esta reflexión llega a consecuencia de ciertos comentarios que he escuchado esta semana en radio en los que se defendían los belenes que Ada Colau (ex alcaldesa de Barcelona) instauró en la ciudad llamados por ella misma “belenes laicos”. ¿Se puede llegar a un sinsentido mayor? Belenes laicos sin Virgen María ni niño Jesús. ¿Pero a dónde nos estamos dirigiendo en el universo de lo absurdo? La Navidad es la Navidad, una tradición católica practicada por miles de millones de personas en el mundo que bebe de un relato seguramente edulcorado y engolado para que todo adquiera el sentido que quienes empezaron a contarla tenga, pero que al fin y al cabo es el relato que hemos querido creer. Ya sabemos que todo el cristianismo y su relato tiene lagunas, similitudes con otras tradiciones paganas ancestrales y mucho de invención al haberse escrito los evangelios muchos años después de la muerte de Cristo, pero aún así. De verdad. En la Navidad se celebra que nació el niño Jesús en un pesebre de Belén, y que tres reyes magos (hombres, y seguramente heterosexuales…, sí) siguieron a una estrella que los llevó hasta allí. Chica, si no te gusta esta tradición pasa de ella, óbviala, pero no me la cambies. Que un belén sin Virgen y sin niño es otra cosa, es una escultura carente de significado, por no hablar de un desfile de “reinas magas” para dar igualdad a la mujer, otro absurdo.
Seamos claros, y sea claro yo también. Yo no soy creyente. El relato de cómo Jesús fue concebido y demás es literatura para mí pero por encima de la religión creo en las tradiciones y en lo que a las gentes les aporta y les trae de bueno. Y creo que la Navidad, por encima de la religión, es un período del año en el que las familias se reúnen, se quieren más, se dedican un tiempo y en el que, en cierto sentido, nos olvidamos de lo peor de nosotros mismos.
No hace falta reivindicar nada. Para reivindicar igualdades y derechos tenemos las leyes, los reglamentos y el parlamento. No cambiar las tradiciones en aras de una lucha actual por algo que se fraguó hace veinte siglos.
Y esto no solo sucede con la navidad. Sucede con tantas y tantas cosas que a veces resulta hilarante.
O sea, el belén tiene que tener una Virgen María, un niño Jesús, un San José un buey y una mula, tiene que haber una estrella y tiene que tener a tres reyes magos, uno de ellos negro, que vienen de oriente. James Bond es un hombre blanco muy heterosexual y muy seguro de sí mismo, Diez negritos es una gran novela con un título de su época, y en Lo que el viento se llevó hay sirvientes y esclavos de raza negra porque es lo que había en su época. Y es ridículo querer cambiarlo ahora, pasando el filtro del siglo XXI.
Del mismo modo que critico a Ada Colau por esas aberraciones pseudonavideñas lo hago con su otro extremo opuesto, por ejemplo, el discurso aleccionador de Isabel Díaz Ayuso desde su tribuna de presidenta acerca de la Navidad y de todo lo que su religiosidad conlleva. No, señora Ayuso, no. España es un estado laico y usted, como política representante, cuando lleve a cabo un acto no puede aleccionar a todo el mundo sobre la necesidad de creer. Eso hay que dejárselo, en todo caso, a los curas y religiosos que predican la palabra de Dios.
Tengamos claro pues cuando y donde reivindicar derechos, cuando y donde practicar nuestra religión si la tenemos y por encima de todo que la clave para que un estado evolucione es siempre siempre siempre, la separación de la religión del estado, o si no , que se lo pregunten a tantos estados islámicos en los que no sucede así.
España, estado laico. ¿Quiere eso decir que todos los símbolos y manifestaciones religiosas tienen que desaparecer de las instituciones? Pues tampoco lo tengo tan claro… ¿Qué opináis?

