No se llevaba bien con el azar. Desde niño había sentido una profunda incomodidad cuando aquello que tenía que acometer dependía de factores externos a él. Era algo que le ponía muy nervioso. Quería siempre tenerlo todo bajo control, organizado y previsible, con todas sus alarmas listas para cualquier adaptación que tuviese que hacer en su rutina del día a día. Y por todas esas razones nunca jugaba a la lotería. Le parecía inverosímil que, ante una probabilidad tan ridícula por participante, le fuese a tocar jamás. Y no jugaba. Prefería invertir ese dinero en cualquier otra actividad que le diese mayor rédito de placer.
Sin embargo, aquella Navidad se había visto obligado por su equipo a aceptar un décimo, el 80808, un número que, al menos, le atenuaba ligeramente su TOC al ser simétrico.
80808 era un número perfecto, divisible por dos, geométricamente simétrico de izquierda a derecha y de arriba abajo si se partía en dos mitades, contenía el símbolo del infinito en posición vertical y estaba compuesto por líneas únicamente curvas. Lo más cercano a la perfección que un número podía estar en una subasta de azar.
Y jugó. Compró el décimo como su equipo de asistentes le sugirió, en una tarde de celebración navideña, en la que se vio acorralado y no pudo negarse. Y participó de esa lucha desigual con el poderoso intangible de la suerte desde el convencimiento de que no sería premiado.
La mañana del sorteo se notó incómodo. Sintió una sensación extraña, como cuando se tiene una pequeña piedra dentro del zapato, en la planta del pie, que no es lo suficientemente incómoda como para detenerte a sacarla.
Continuaba con sus rutinas y no sabía cómo quitarse esa pequeña alarma que le decía que algo iba a suceder. Y pasó una hora, y luego otra, y cuando llegaron las once de la mañana y comenzó el sorteo esa alarma se hizo poderosa y su estabilidad se fue al garete. Sus nervios vencieron y ya no hubo atención para otra cosa que no fuesen aquellos niños cantando, acompasados, los números premiados, a través de la radio.
Su nivel de obsesión aumentó sin límite. Sus nervios vibraron al nivel de un arpegio infinito y su tensión arterial se disparó. Había perdido por completo su control y ordenada vida por un simple número de lotería a la que nunca había jugado… Escuchó en la radio cómo el volumen y la entonación musical de los niños ascendió de repente y un gran murmullo en la sala avecinó un evento importante. Prestó atención. Escuchó decir las palabras mágicas: ochentamilochocieeeentoooosocho… cuatro millooooneeees de … y no llegó a terminar de oírlas. Tuvo un fundido a negro. Silencio, oscuridad. Su corazón dejó de latir y su lucha contra la arbitrariedad terminó de forma tan inesperada como que le hubiese tocado la lotería.

