
Lo he dejado por escrito y ante notario, bien claro y sin lugar a la interpretación: cuando muera, quiero ser enterrado en un nicho doble con un ataúd acolchado sin cubrir. Acompaña a tan exacta instrucción una frase adicional: mi sobrino Alfonso, el hijo de mi hermana que para mí es como un hijo, deberá dar su aprobación final a mi enterramiento, cualesquiera que sean la circunstancias.
Tan extraña petición, responde a una obsesión que tengo desde muy joven, la de ser enterrado vivo. Me aterra que algo así pueda suceder, tal vez influido por el cine o los libros de misterio que tanto me gusta leer.
Y esa pequeña obsesión ha aumentado con los años hasta convertirse en un miedo limitante en algunos aspectos de mi vida, que se ha extendido a los espacios cerrados, como los ascensores o los cambiadores de ropa de las tiendas. En cuanto siento que estoy encerrado, me comienza a sudar todo el cuerpo de forma irracional.
En varias ocasiones estuve tentado de acudir a un psicólogo y explicarle ese extraño temor. Sin duda, tendría un tratamiento sencillo y con ayuda profesional sería capaz de sobrellevarlo cuando no de superarlo, pero en el último momento siempre me eché atrás.
Y así ha transcurrido mi vida, mis pequeñas obsesiones se han transformado en grandes neuras hasta que, en los últimos años, antes de enfermar, mi día a día se ha hecho insoportable. Cuando me diagnosticaron la enfermedad terminal que padezco, me horrorizó que quienes me cuidaran interpretasen que había muerto cuando quizá solo estuviera adormilado y sedado por los calmantes para el dolor. En mis últimos días mi situación de duermevela ha sido cada vez más continua hasta que me llegó una inconsciencia cercana al coma.
Aunque nadie, a partir de aquel momento, podía escucharme, yo era consciente de la situación que estaba viviendo y quería comunicarme, que alguien a mi alrededor se diese cuenta. Luchaba por que mis gestos y palabras se materializasen, sin éxito. El médico oficializó, tras varias semanas, y en plena canícula veraniega, mi muerte cerebral y todo se dispuso para mi enterramiento.
Yo seguía horrorizado porque me daba cuenta de que mi auto profecía se iba a cumplir, muy a mi pesar. Y tenía que hacer algo. Debía evitar que me enterrasen en vida, aunque para todo el mundo estaba más que muerto. Entonces, no se me ocurrió otra cosa que…hacer un esfuerzo ímprobo y… llorar. Fue el único acto fisiológico que pude controlar con mi cerebro sin necesidad de mover ningún músculo de mi cuerpo. Y así lo hice. Conseguí que unas lágrimas se derramasen por la comisura de mi ojo izquierdo. Creí haberlo logrado, paralizar mi enterramiento en vida.
Ese era el momento de pararlo todo. Apenas unos segundos. Alfonso, como yo había solicitado en su momento, se acercó al ataúd. Me miró, pareció asentir con un leve movimiento de cabeza y después se giró a los asistentes al tanatorio para certificar que efectivamente, había muerto. En ese momento pude comprobar que la temperatura en la sala era de treinta y cinco grados y mis escasas lágrimas se habían secado de inmediato.
