
Esta noche Rainbow, nuestro periquito amarillo hembra, que vivía con nosotros y con Peacocks, nuestro periquito macho, ha muerto.
Es difícil analizar por qué se llega a querer a un pájaro, un animal con el que, al fin y al cabo, se puede establecer muy poca interacción, que tiene un comportamiento muy básico, movido por el suministro de comida o la diversión de poder volar.
Sin embargo, estos siete años que Rainbow ha estado con nosotros han establecido un cariño que yo equipararía al que mucha gente siente por su perro o por su gato.
Rainbow era una hembra que se hacía de rogar cuando Peacocks desplegaba sus artes amatorias, aunque al final siempre se dejaba acurrucar por su pico, que cantaba con un tono fuerte, alegre, a veces incluso histriónico, que a veces se comportaba orgullosa cuando ella decidía en qué palo de comida se posaba a comer, imponiendo a Peacocks en cuál debía depositarse él, o que, sobre todo los últimos meses, con ambos periquitos ya viejitos, cuidaba a Peacocks atusando sus plumas o rascándole la cabecita.
Rainbow era una periquita pequeña, delgadita, toda amarilla, con algunas zonas blancoazuladas, sobre todo en la barriga y muy saltarina. Tenía hábitos ya establecidos en su jaula, como los tenemos también los humanos, por ejemplo, trepaba siempre por las paredes para subir desde el suelo (en la jaula de dos metros de alta) y nunca lo hacía volando. Eso lo hizo así desde el primer día que vino a nuestra casa, como si fuera una escaladora. Le encantaba dormir en el columpio. Desde el primer momento fue su lugar de descanso. Allí se ponía y se quedaba tranquilica hasta que dormía, y nunca le dejaba el puesto a Peacocks. Era su rincón.
Era bastante comilona (lo son los dos) y le encantaba la manzana y la lechuga. Era ese, el momento de ponerles el trocito de fruta o la hoja de lechuga y revisar como estaban de comida y de agua, el momento más esperado de la mañana y durante el cual nos mirábamos y yo siempre pensaba qué pasaría por ese cerebro pequeñito, qué señales establecería de reconocimiento cuando me vieran.
He estado de viaje y aparentemente ha esperado a que regresara para poder despedirse de mí (o eso es lo que quiero imaginar) ya que fue a las pocas horas de llegar a casa, todavía me dio tiempo para cogerla en mi mano, acariciarle un poco la cabecita (todavía me repiqueteó el dedo) aunque ya daba tumbos y estaba muy débil hasta que la dejé descansando en un pequeño nido para que se fuera tranquila.
Espero que también de cariño periquil. Hoy mi hijo se planteaba si existiría un “cielo de los pájaros” más allá de ese por el que vuelan. ¿Quién sabe? ¿Cómo podríamos saberlo si ni tan siquiera en el de los humanos creemos? Pero en esta ocasión, esta noche de tristeza, que incluso ha venido acompañada de alguna lágrima por Rainbow, pienso que sí habrá subido al cielo, a uno más elevado y feliz en el que se encuentre con otros periquitos, en el que vuele sin medida y en el que encuentre otro rinconcico como el de nuestro columpio, y desde el cual, justo antes de girar el cuello para quedarse dormida, nos recuerde.
Sí, es lo que he decidido creer.
¡Hasta siempre, Rainbow! Vuela alto.
