
Julia recibió la carta con profunda emoción. Llevaba días esperándola, y aunque todas sus amigas le decían siempre que iba a conseguirlo, ella no estaba segura. Se sentía muy nerviosa y agitada, y posponía la ocasión de abrirla, desde que había llegado certificada la mañana anterior. Su madre le había preguntado, pero Julia había decidido darle largas. Quería saberlo y a la vez no. Prefería seguir viviendo con la incógnita de una media afirmación, pues mantenía todavía la mitad de probabilidades.
En realidad, ella esperaba que no le concediesen la beca que la enviaría durante la próxima década a Korea, para trabajar en la embajada como adjunta a la representante de acción comercial. Era consciente de que se trataba de una gran oportunidad profesional para su carrera, pero había una cosa todavía más importante. No se la había contado a nadie aún, y debía resolverse antes incluso.
Cuando se disponía a abrir la carta certificada de la Secretaría de Embajadas, llamaron a la puerta. Era la cartera. Y ahí estaba. La resolución, en forma de carta también, desde la clínica donde se había realizado una biopsia semanas atrás, sin comentarlo con la familia, aterrada y a la vez esperanzada.
Respiró profundamente, la desplegó y la leyó. Después realizó la misma acción con la segunda carta. Encontró una noticia positiva y otra negativa. Tal cual las había imaginado.
