
En pocos países se da una separación tan abismal entre el sentir de su pueblo, de sus gentes y la realidad que viven sus dirigentes políticos, sean estos más o menos autocráticos, como en Irán.
Para mí es siempre un motivo de profunda tristeza advertir esta enorme separación que impide a un país tan fructífero y rico como es Irán desarrollarse como debería. En mis numerosos viajes al país he podido disfrutar siempre de la generosidad y hospitalidad de las personas con las que he tratado, he aprendido de su rica historia, de sus costumbres (también y sobre todo de las previas al Islam, de la época persa) y por supuesto de su gastronomía y geografía. Viajar a Irán es una delicia porque uno se siente realmente como en casa.
Por esta experiencia que tengo yo por mis viajes de trabajo al país, leer este libro, casi de un tirón, me ha llevado al llanto profundo, a la indignación y al convencimiento de que esa separación de la que hablaba antes es todavía mucho mayor. Como digo, El despertar de Irán es uno de los libros que más me ha hecho llorar en los últimos tiempos.
Su autora y premio Nobel de la paz, Shirin Ebadi nos cuenta su experiencia vital a lo largo de distintas décadas, desde la época democrática en la que había un parlamento elegido democráticamente en los años cincuenta, pasando por las expectativas y la ilusión que supuso para una masa ingente la revolución de Jomeini de 1979, la terrible oscuridad que sobrevino luego y la optimista apertura de Jatami, durante cuyo mandato yo comencé a viajar a Irán, hasta que le concedieron a ella el premio Nobel.
Para mí lo más tremendo de su narración, (por supuesto añadido a todos los casos de defensa que llevó a cabo, el relato de los asesinatos, las torturas y demás) es la enorme frustración de ver cómo las promesas y la esperanza de la revolución que se produjo en 1979, que ella misma defendió y por la que luchó para derrocar al Sha, se tornó en su contra, en contra de todo el pueblo que la había defendido y, en especial, de todas las mujeres, cuando se instaló el sistema de autocracia de los ayatolás que sigue vigente hoy.
Debe resultar perturbador haber luchado por un ideal, estar firmemente convencido de que ese cambio, esa revolución, traería algo bueno y mejor para tu país y, una vez conseguido, estando dispuesto a disfrutarlo y a trabajar por ello, darte cuenta de que no, de que lo que va a ocurrir es todo lo contrario, un proceso que llevará a su autora, juez de profesión, a perder su trabajo, su licencia como abogada, y su vida, y a ser recluida en su casa a llevar a cabo labores de hogar.
Es también muy interesante para mí, y creo que tiene un gran valor, el hecho de que Shirin Ebadi combate en todo momento y defiende sus argumentos desde el punto de vista de dentro del Islam. O sea, no critica a la religión ni nada parecido. Ella defiende un sistema democrático, de igualdad con la mujer, dentro del Islam, sin interpretaciones torticeras de la Sharía e incluso utilizando los viejos textos que se utilizan en Qom para formar a los líderes religiosos como argumento defendiendo su postura. Tiene para mí esa lucha, desde esos postulados, un valor todavía más ingente.
Es difícil imaginar para un occidental lo que tuvo que ser que a una jueza de alta formación académica y con experiencia se la juzgase por un plantel de indocumentados basándose en leyes escritas en el siglo séptimo.
Shirin Ebadi confiesa que nunca ha querido vivir fuera de su país. Por el contrario, a pesar de recibir el Nobel de la paz y de que podría haber hecho una carrera y establecido su vida fuera, ha elegido siempre quedarse. Luchar desde dentro. Luchar por lo que considera que es su patrimonio cultural, su religión y su vida en familia. Y cualquiera que haga eso tiene un valor encomiable.
Este libro ha sido muy motivador, me ha producido por igual indignación, tristeza y llanto incontenible, emociones fuertes que sin duda se consiguen despertar en el lector cuando lo que se relata es pura certeza vital.
Con la angustia todavía en el alma termino esta lectura y la recomiendo al 100%.
