EL REGALO SORPRESA

Arturo cruzó el umbral de la casa de sus padres tras varios minutos de dudas, situado frente a la puerta. Era la primera vez después de mucho tiempo que regresaba al que fue su hogar durante su infancia y adolescencia hasta que discutió con sus padres y se marchó a buscarse la vida. Y la primera desde que fallecieron, hacía ya seis meses. Ese era el tiempo que había necesitado para asumir la doble pérdida, en accidente de coche, un golpe frontal con un conductor kamikaze que conducía en sentido contrario con un nivel infame de alcohol y drogas en sangre.

Dentro encontró, en penumbra, la estancia habitual de sus recuerdos, el salón donde pasó tantas tardes merendando mientras su madre veía las novelas sudamericanas en aquel televisor tridimensional que nunca quisieron cambiar.

Sin darse tiempo para la duda levantó las persianas y descubrió los muebles de madera clásica, la alfombra desgastada durante años de uso y las lámparas un poco pasadas de moda.

Vació estanterías y cajones e hizo dos agrupaciones: en las cajas aquello que merecía la pena ser guardado y en las bolsas lo prescindible.

Terminar el salón, la cocina y el dormitorio le llevó toda la mañana.

Solo restaba por vaciar la que había sido su habitación hasta que cumplió diecisiete años y se marchó.

«¡Cuántos recuerdos!», pensó. Libros que leyó siendo adolescente, playmobils con los que jugó durante meses, sus útiles de dibujo, antiguos libros de texto de secundaria, posters de sus grupos de rock favoritos y hasta alguna que otra foto de mujeres espectaculares con las que se había autocomplacido en más de una ocasión.

Le pareció demasiado triste prescindir de todo ello y decidió guardarlo.

En el armario principal había todavía mucha ropa de su época más rebelde. Decidió tirarla toda. No le servía y estaba pasada de moda. Vació por completo el cuerpo principal del armario y se dispuso a hacer lo mismo con los cajones. Hacía años que no se debían abrir y cuando vació el primero encontró, debajo de los calcetines y la ropa de deporte un paquete envuelto en papel de regalo.

Aquello lo paralizó por un instante. Un regalo no era algo que él hubiera dejado sin abrir. Aun así, ya ni recordaba cuál fue el último que le hicieron sus padres, porque cuando cumplió la mayoría de edad y tras una fuerte bronca con ellos abandonó la casa para nunca regresar. Desde entonces, y habían pasado ya más de veinte años, se había instalado un completo silencio entre ellos, con un contacto mínimo y siempre a través de mensajes o conversaciones monosilábicas.

Se sentó en su vieja cama y lo zarandeó preguntándose qué contendría. Rescatar un regalo de sus padres le afectó bastante. Fue una mezcla de sorpresa y curiosidad que necesitaba satisfacer de inmediato.

Rompió el envoltorio y encontró una caja de cartón. En su interior le esperaba una sorpresa todavía mayor. Un testamento.

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