
Después de unas cuantas lecturas sucesivas de novela negra, policíaca y thriller, me apetecía desengrasar un poco con algo más tranquilo. La recomendación me llegó por alguno de los blogs que sigo o quizá de los videos de Tik Tok que recomiendan lecturas, y busqué un libro de la escritora Penelope Fitzgerald.
El elegido fue La librería, que fue finalista del Booker Prize, un premio que me parece muy original porque el jurado lo forman un escritor, dos editores, un agente literario, un bibliotecario, un librero y el presidente nombrado por la fundación, recogiendo así todas las sensibilidades alrededor del mundo de la literatura.
Pues bien, la novela nos traslada a 1959 a un pueblo de Suffolk en el que su protagonista, Florence Green decide abrir una pequeña librería en un edificio abandonado durante años. Una pequeña revolución para un pueblo apartado en el que sus gentes son muy reacias a que algo así suceda, al principio. Sin embargo, la apertura del negocio no solo reactiva la vida del pueblo, sino que sus habitantes piden la creación de una biblioteca y la librería se convierte en el centro neurálgico de las relaciones sociales, donde la gente siempre charla, se convierte en lugar de paso, de apoyo a muchas personas que van y vienen y de interés cultural.
Aunque Florence no domina demasiado bien el negocio, desde el punto de vista de los números, colabora con ella una contable estricta que le pone los puntos sobre las íes. Para redondear el escenario, la persona que le ayuda en la venta y organización de la librería es una niña de once años.
La revolución alcanza su culmen cuando decide hacer un pedido de 250 ejemplares de la novela Lolita, de Nabokov, lo que supondrá un terremoto devastador.
Una lectura costumbrista, centrada en las personas, en sus relaciones y tradiciones, sin histrionismos, sin tecnología, con el poder de la lectura y de su contenido como fuente principal de conflicto. Un escenario bucólico, el comienzo de los años sesenta en el que la sociedad mantenía sus principios, fuesen cuales fueran, pero no estaba contaminada con el veneno de la inmediatez, las redes sociales, lo efímero de la creación instantánea ni la vanidad de los likes. Un momento social al que desde luego no me importaría volver.
