
Cuando llegué, todo permanecía en silencio. Los cuartos de mis compañeros de piso estaban cerrados así que intenté hacer el menor ruido posible.
Me aproximé a la habitación que ocupábamos mi novia Fiona y yo y percibí un ruido, pero en teoría ella seguía todavía en la fiesta. Escuché, todavía mareado por el alcohol. Se trataba de un sonido rítmico de vaivén.
Entré despacio y vi movimiento bajo las sábanas. Mis sentidos se tensionaron. Imaginé a alguno de mis compañeros con su pareja, metidos allí por error con el calentón. Lo mejor era no interrumpirles, pero al salir reconocí a los pies de la cama la camiseta que Fiona llevaba esa noche.
Comencé a sudar. Las piernas me flaquearon y mi pulso se aceleró. Me agarré a la puerta para no caerme, y el ruido los hizo detenerse. Levantaron la sábana y mis ojos contemplaron algo que rompió mi alma para siempre. Mi garganta quedó paralizada. Fiona, y mi mejor amigo, me miraban con cara de espanto sin saber qué hacer.
Supe que iba a sufrir un ataque de ansiedad. No quería volverme a mirarlos desnudos y sudorosos. Solo quería huir, y llorar. Escuché voces, intentos de justificar lo ocurrido, súplicas de que volviera… Bajé corriendo como pude las escaleras, salí a la calle y me metí de nuevo en el coche.
Conduje alocado sin rumbo fijo, con las sienes a punto de reventar. Las lágrimas confundían mi visión, acrecentando el efecto que el alcohol residual me generaba.
El pie me pesaba. La adrenalina del momento del shock dio paso a la inconsciencia que me llevó a acelerar en las cuestas de Oropesa, camino al que, sin pensarlo, me dirigía.
Llorando, lamentándome por lo miserable que me sentía, incrementando la velocidad al mismo tiempo, y sin apenas prestar atención a la curva, todo terminó.
El choque fue frontal. El tráiler se me tragó cuando invadí su carril sin posibilidad ninguna de esquivarme, y me lanzó, dando varias vueltas de campana por el barranco del lado opuesto, en cuyo fondo terminó el coche y, dentro de él, mi cuerpo inánime.
