
La pena había dejado paso a la aceptación serena de la muerte de su marido. Una vez superado el shock por lo repentino del infarto y tras haber asimilado que Marcelo se había marchado para siempre, comenzó una nueva vida para ella sin él. Tras cincuenta años juntos se asomaba a un nuevo horizonte y la perspectiva le daba vértigo, pues hasta entonces todo lo había vivido a dos: Los amigos, los viajes, las celebraciones, las depresiones, los momentos de intimidad, los silencios, las lecturas.
Cuando se sintió segura, se adentró en el despacho de Marcelo, cerrado desde que murió, para poner orden, mantener ciertos recuerdos y seguir adelante. Él siempre estaba allí, trabajando, con ansiedad y tensión, las mismas que le produjeron el infarto. Y ella intentaba molestarle lo menos posible cuando se encerraba en él.
Encima de la mesa encontró un dosier, quizá el último caso que llevó su marido, de una tal Mariona Rupérez. Lo abrió y ojeó con cierta curiosidad. Contenía muchos documentos y también fotografías. La primera mostraba a una mujer subida a dos tacones. Caminaba por una calle en penumbra, bajo la lluvia y a pesar de ello sin paraguas. Se dirigía hacia el hotel Flor de la Mancha, vestida con una gabardina gris muy elegante, con el pelo recogido en una coleta. Se detuvo en un detalle: llevaba un pañuelo alrededor del cuello de vistosos colores, muy parecido a uno que le había regalado su marido cuando regresó de un viaje a Asturias. Tan parecido…, idéntico. Sí. Era el mismo. Sin embargo, le dijo en su momento que aquel era el último que quedaba en la tienda, que iba a cerrar en unas semanas y por eso se lo había comprado. El pañuelo tenía una particularidad, un logo de la tienda bordado en hilo dorado en una de las esquinas. Exactamente el mismo que estaba viendo en la fotografía que tenía delante.
