
Siempre que aparece Damasco como escenario de cualquier noticia me lanzo a leerla porque considero que es una ciudad perdida, un paraíso al que será difícil que podamos regresar los occidentales algún día. Y es una lástima y me produce una tremenda tristeza porque pocas cosas tan placenteras he vivido como caminar por las calles del barrio cristiano, vivir la calma que se respira bajo las cúpulas de la mezquita de los Omeyas, disfrutar de la comida siria como el shawarma, el mejor de cuantos he probado, la hospitalidad de sus ciudadanos, la musicalidad del árabe que hablan o la absoluta tranquilidad y seguridad que ofrecía la ciudad cuando paseaba en noches de verano por sus calles.
Damasco es un paraíso al que dudo que se pueda regresar, ojalá me equivoque. Así que Estación Damasco fue un título que me impactó desde el primer momento. En el faldón de su tercera edición se lee: “La mejor novela de espionaje que he leído nunca”, y lo firma nada menos que el ex director de la CIA. Sin duda un claro clickbait que luego cumple con su cometido.
Estación Damasco transcurre en los primeros años posteriores a la mal llamada revolución árabe que yo viví en primera persona en sus incipientes comienzos (mi último viaje al país fue en abril de 2011) y a medida que se avanza en su trama, a través del día a día de un agente encubierto en su territorio, Samuel Joseph y de cómo debe conseguir que Mariam Haddad, cercana a los círculos del dictador BAshar al-Ásad acepte trabajar como agente encubierta. La verdad es que la descripción de la situación caótica del país, de las acusaciones mundiales sobre los rumores de utilización de armas químicas y biológicas, de las mil subtramas de traición que rodean al poder de al-Ásad están contadas con magistral realismo.
El intento de liberación del pueblo sirio de su dictador terminó en una guerra civil inicialmente que luego se complicó por la implicación directa o indirecta de muchos otros intereses: desde luego la CIA y Estados Unidos, la Rusia de Putin, el Estado Islámico, los leales al propio régimen y hasta facciones de Al Quaeda. Un maremágnum que llevó al país a una situación, unos cuantos años después en la que no se sabía muy bien quién combatía contra quién y por qué y sobre todo, cuál podría ser la mejor salida a una situación imposible. Por momentos se llegó a contar con el propio dictador como la solución “menos mala” y quizá ese hubiese sido el germen de una solución para Siria. A día de hoy, cuando escribo esta crónica de lectura no está todavía claro que eso vaya a ser así.
En cualquier caso, la situación caótica de las distintas facciones luchando en territorio Siro va de la mano con el caos de trama argumental que confunde un poco al lector pero que poco a poco va clarificando cuál es el objetivo final de la CIA y de su protagonista hasta llegar a un final digno de cualquier thriller narrativo.
Para mí la auténtica heroína de la novela, más que el propio Joseph es Mariam que al fin y al cabo, ha de seguir viviendo en su país, asumiendo todo lo que ha acontecido y todos los riesgos a los que se ha expuesto y que, a pesar de todo ello, decide luchar contra un régimen que detesta. Una actitud valiente y quizá única a la que muchos de nosotros no podríamos ni acercarnos.
Una lectura electrizante, intensa y muy adecuada para conocer un poco más, que no entender, el caos de guerras intestinas y cruzadas que se han vivido en la Siria post-revolucionaria.
