
La nueva novela de Desirée Ruiz, de quien he leído todas sus publicaciones, tiene, en mi opinión, tres grandes razones para ser una gran lectura:
- La lealtad, como eje vertebrador de toda la novela, pero en especial en la figura de Yago.
- La posibilidad (y diría que necesidad) de desarrollar y vivir una segunda oportunidad, de reinventarse la vida.
- La técnica narrativa en zigzag por la que se van desvelando secretos en el pasado que se comprenden finalmente en el presente de sus protagonistas, muy original y efectiva para atrapar al lector.
La casa de las amapolas transcurre entre una zona aislada, en la provincia de Teruel, la ciudad de Zaragoza y Albarracín, escenarios todos ellos interesantes desde sus narrativas respectivas. La trama, contada en dos tiempos principalmente, 1994 y 2019 la hace también muy interesante y no deja de sorprender con todo lo que sucede entre sus protagonistas.
Los personajes más perfilados son para mí Elisa y Flora que, mediante su antagonismo acérrimo, defienden muy bien el carácter fuerte y batallador de dos mujeres, cada una en sus postulados.
Me da la sensación de que los personajes masculinos son más débiles en esta novela que los femeninos, quizá sea solo una impresión, o tal vez se trate simplemente de que la fuerza de sus féminas es tal que ensombrece lo que les ocurre a ellos.
La casa de las amapolas está finamente ambientada, delicadamente descrita y concienzudamente sincronizada, motivos que por sí mismos convierten a esta novela en una fantástica razón para disfrutar de las tardes de lectura de la semana que me ha llevado leerla entre sorbo y sorbo de mi vino preferido de campo de Cariñena, Abadía de Aragón.
Me he tomado la libertad, en esta crónica de lectura particular mía, de transcribir, de forma literal, un párrafo que sintetiza para mí lo que he explicado en el comentario anterior, una factura perfecta que me ha enamorado:
“Cuando la puerta se cierra, durante unos minutos, la Casa de las Sabinas queda inmóvil y silenciosa en medio de la extensión desierta, como siempre. Tan solo se oyen los gorgojeos de los pardillos y algún zumbido aislado de abejas despistadas, hasta que el alarido de un animal lastimado se propaga por el paraje introduciéndose en las hendiduras de la tierra removida, en los huecos de los troncos cenicientos, en la lejanía estática del horizonte. El gato atigrado que duerme junto al hogar parece reconocer el gemido, pues entra por la gatera, apresurado, como si supiera que alguien necesita que se oville en su regazo malherido. “
¿No es pura maravilla?
Me quedo con esa sensación de que necesito un tiempo para digerir lo leído, para asimilar cuanto les ha acontecido a sus protagonistas, para reflexionar, y para seguir disfrutando un ratito más de ese sencillo placer de la vida que es la buena lectura. Así me quedo, con un gran sabor de boca.

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