
Siempre me ha gustado la pintura de Edward Hopper, quizá porque la soledad y melancolía que muestran sus personajes, a quienes no parecer importarles sentirlas, conecta bastante bien con mi carácter, en cierto modo, solitario, un poco taciturno y definitivamente pesimista.
Compré esta novela únicamente motivado por su título, sin saber nada más de qué iba ni tampoco sobre su autor, Carlos Langa, a quien no conocía ni había leído. Es algo que hacía en la época en que se compraban vinilos, comprar algún disco basándome únicamente en su portada y casi siempre acertaba. En este caso, no me digáis que un título como “La vida es un cuadro de Hopper” no es sugerente.
Y una vez te metes en su lectura avanzas sin darte cuenta de que tiene una fluidez muy fresca, desprejuiciada y llena de toques pop que alegran y relajan al mismo tiempo las tardes de lectura.
Carlos Langa me ha gustado como escritor. Me parece que ha creado un libro muy original, gracias al cual he descubierto a Eddie Vedder, cantante que menciona el protagonista de la novela Pablo. Eddie Vedder es el cantante de Pearl Jam, grupo que a mí nunca llegó a cuajarme demasiado, quizá porque me llegó tras los excesos musicales de finales de los ochenta y en ese momento el grunge o lo que fuera que Pearl Jam lideraba no me enganchó. Sin embargo he de decir que he escuchado un discazo de Eddie Vedder, Earthling, publicado en 2022, que me parece rotundo y alucinante, a medio camino entre el folk americano, el rock potente, el supuesto after-grunge y una voz grave como a mí me gusta en los cantantes.
Bueno, vuelvo a la novela. Pablo, su protagonista es un pan sin sal. Quiero decir, me resulta sorprendente que me haya enganchado tanto en una novela para cuyo protagonista la vida le pasa por encima, por el lado, por delante y por detrás sin más, sin interactuar con ella, pasivamente, sin aspiraciones, sin objetivos, sin una meta. Tan solo se deja llevar por lo que el destino o como lo queramos denominar le traiga. Simple, sin más, sin juzgar, sin criticar y dejándose llevar como dirían los ingleses, an easy-going guy.
Pero en ese transitar sin intensidad, los personajes con los que interactúa lo visten de forma muy original: Lito es total, Elia, enternecedora y divertida, Lucas un crack y todo el mundo empresarial, empleados incluidos del supermercado y las fábricas, simplemente singulares.
Madrid me parece un personaje más en esta novela. Esas calles sin singularidad que en las tardes del tórrido verano son como tantas otras de otros lugares, sin personalidad, con negocios locales y con miserias y rincones alejados del glamur de la Madrid capital. Me gusta la forma en que Carlos Langa mezcla esa Madrid, cansina y poco acogedora, con la Madrid de la cultura, del Thyssen, de los castings de actores y demás mundo creativo.
Cuando termino la novela, gracias a la cual he descubierto también cuadros de Hopper que no conocía, me sigue quedando una pregunta. ¿Por qué? ¿Por qué fue Pablo a Madrid ese verano? Quizá la respuesta más simple, de acuerdo a su forma de entender la vida sea, ¿… y por qué no?

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