AMANCIO

Para Palmiro, el día del entierro de su compañero de vida Amancio, fue el más triste de su vida.

Habían compartido casi cuarenta años de cotidianidad, de comprensión sin egoísmo y apoyo sin contraprestación. Cuatro décadas de soportar insultos de los demás, al comienzo, antes de la llegada de la democracia, de vivir los excesos de la libertad en los setenta, disfrutar la luz y el color de los ochenta y asimilar la normalización de los noventa. Toda una vida, en definitiva, viviendo como un todo, como una pareja más que tan solo quería ser feliz.

Palmiro dedicaba su tiempo a la escritura. Al comienzo de su carrera, mucho antes de conocer a Amancio, fue contratado en el periódico local del pueblo donde residía, en la costa mediterránea, para cubrir la sección de sucesos. Luego él mismo pidió ser trasladado a cultura, más acorde con sus intereses y fue entonces cuando comenzó a escribir su primera novela. Desde entonces había publicado ya un buen puñado de libros. Historias que tenían siempre un denominador común: la defensa del más débil, en cada situación, en cualquier ámbito de la vida y de las circunstancias de cada historia. Y siempre, sin excepción, el primer filtro lector lo aplicaba Amancio, crítico, ácido incluso en algunos momentos, histriónico cuando la trama le tocaba el corazón o condescendiente cuando comprendía que la historia era importante para Palmiro.

¿Qué haría ahora que se había quedado solo? ¿Sería capaz de seguir escribiendo? Acababa de entrar en el club octogenario, pero aún sentía esa energía que siempre alimentaba la semilla de cualquier historia a partir de la cual comenzaba una novela. Cuando Amancio enfermó tuvo que dejar la que estaba escribiendo en espera, para dedicarse en cuerpo y alma a cuidarlo. Durante unos meses, los pocos que el cáncer de páncreas les permitió seguir juntos, se olvidó por completo de la trama. Concentró su vida en intensificar los momentos que les quedasen juntos, una vez que el diagnóstico fue definitivo e irreversible. Jugaron a las cartas, compartieron charlas y carajillos de anís, recordaron viajes de juventud a destinos lejanos e incluso rememoraron disputas y discusiones que los llevaron, en algunos momentos de sus cuarenta años de convivencia, al silencio. Lloraron y rieron sin límite, acuciados por la cortedad de la vida que les quedaba por compartir y llegaron a prometerse un encuentro en el más allá, en la otra vida, esa que el catolicismo promete y en la que ellos nunca creyeron.

Amancio le hizo prometer a Palmiro que continuaría la historia de la novela inacabada. Debía ser capaz de terminarla cuando él faltase y, en el momento de la primera lectura, que él ya no podría llevar a cabo, pensaría en cuál sería su opinión. Lo conocía bien y le aseguró que sería capaz de hacer la crítica él mismo, imaginando como lo habría hecho Amancio, incluso poniendo las mismas caras que él cuando terminaba las primeras lecturas y emitía su juicio sin contemplaciones.

Y el día había llegado. Se habían cumplido seis meses desde el fallecimiento de Amancio y después de un proceso doloroso para Palmiro por todo lo que implicaba terminar la escritura, relectura y proceso final de corrección, la novela se había publicado. Era el día de su presentación. Como siempre, primero en la biblioteca de su pueblo. Era el ritual que seguía manteniendo después de muchos años de éxito y de cientos de miles de ejemplares vendidos. Era una imposición suya que la editorial siempre aceptaba, antes de acudir a Madrid o a Barcelona, donde realizaba presentaciones masivas. La primera, siempre en su pueblo, con su gente, con los vecinos que, con el transcurrir de los años habían aceptado la normalización de su vida en pareja, algo impensable para Palmiro y Amancio cuando comenzaron su convivencia a finales de los cincuenta, pero tan real y auténtica como llegó a convertirse.

Unos minutos antes de comenzar su alocución Palmiro miró a la platea. La biblioteca estaba repleta. Mucha gente había llenado incluso los pasillos laterales y la parte trasera permaneciendo de pie ante la falta de sitio para cubrir tanta expectación. Imaginó a Amancio lanzándole una sonrisa desde una silla de la primera fila, dándole confianza y animándolo a comenzar. Lo miró, sin estar allí, inspiró y comenzó la presentación de su novela que tenía un título clarificador: AMANCIO.

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