Paloma Sánchez Garnica me sorprendió con la novela titulada Últimos días en Berlín, que leí a medio camino entre España e Irán. Desde entonces no había vuelto a leer nada suyo hasta que me enteré de que había ganado el premio Planeta este año y a los pocos días me llegó su novela Victoria, como regalo de cumpleaños.
Como dice su autora en la nota de la autora, el Berlín del siglo XX esconde innumerables novelas por todo cuanto sucedió y por lo compleja que es su historia y ambientar esta en ese escenario geográfico y temporal y alternarlo con el Macartismo de USA me ha parecido sencillamente fascinante.
Encuentro en Victoria dos protagonistas que buscan ante todo sobrevivir a cuanto les ha acontecido, las dos hermanas, Victoria y Rebeca han sufrido una violación en el pasado, han pasado hambre, han tenido que buscarse la vida en un entorno desolador, la posguerra de la segunda guerra mundial y han tenido incluso que mendigar. Cómo cada una de ellas dirige sus creencias hacia cada lado del idealismo político me resulta muy interesante y cómo ambas, desde sus postulados, defienden su vida a ambos lados de Berlín.
Cualquier novela que transcurra en medio de la guerra fría tiene todos los ingredientes para resultar trepidante. Los métodos de la terrible Stasi, la influencia del estalinismo, y como contrapartida, lo más radical del Macartismo estadounidense y su furibundo ataque a las minorías no blancas. Son extremos que pasan por un nexo de unión, una persona buena, un personaje lleno de bondad y de gallardía como es Robert Norton.
En la novela podemos encontrar chantages, pulsiones amorosas, miedo, vehemencia en sus personajes, amor incondicional, odios escondidos, venganzas y tributos de cuentas por el pasado, por pasados que nada de malo tenían pero que suponen mochilas para sus protagonistas difíciles de llevar en muchos momentos.
Especialmente interesante, y le agradezco a su autora, es para mí como lector haber descubierto los entresijos y los detalles del momento en que se fraguó la cerrazón de la RDA y de los dos Berlines. Debió ser una época espantosa, dentro de lo difícil que eran esos años ya para sus habitantes. Pude visitar el Berlín oriental en 1996, cuando todavía quedaba algún trozo de muro y la verdad que la impresión producía sobrecogimiento, muchos años después todavía.
He devorado la novela en tres tardes porque no he podido dejarla. Me ha atrapado, me ha enternecido, me ha emocionado. De 10.


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