Mis viajes singulares: Taj Mahal – Anil y Ravendra

Comenzó siendo un viaje cargado de mala suerte. Mi primera experiencia en la India y llegué a Delhi, vía Dubai, con un salpullido en las manos que me salió en mi estancia anterior, en Turquía, país del que procedía en ese viaje interminable que realicé hace más de veinte años. Hundido por mi hipocondría del momento, y ante la poca importancia que mi agente turco, el gran Attila, le dio a mi exacerbada preocupación por las manchitas rojas en mis manos, decidí lanzarme a la aventura en Dubai y buscar un dermatólogo privado que se sorprendió por mi piel tan blanca e intentó, casi de inmediato, quitarme el miedo que parecí derrochar en mi explicación.

Pues bien, llegué a Delhi con las manos enguantadas para conocer a nuestros agentes en la India por primera vez en persona, dos hermanos de nombre Satyavrat y Sudanshu, que a la postre terminarían resultando muy diferentes a lo que prometían.

Pero la mala suerte de ese primer viaje continuó una vez toqué tierra. Las muestras que necesitaba para hacer las pruebas en los clientes que íbamos a visitar no habían llegado a puerto debido a un retraso inexplicable e inesperado de última hora en el barco en que viajaban, y eso me otorgó cinco días libres sin poder llevar a cabo mi trabajo, 5 días que mis anfitriones, y su madre, gran mujer, decidieron rellenar organizándome un plan turístico por toda Delhi y alrededores.

Y eso me lleva a la foto de este post. Uno de esos días, programaron mi visita a Agra, para ver el hiper fotografiado Taj Mahal. Yo conocía el monumento como cualquier persona, por las fotos que había visto y poco más y claro, me imaginé la postal divina y perfectamente simétrica de los anuncios.

Me acompañaron dos chicos jóvenes, empleados de mis agentes, aunque yo siempre los llamé “esclavos”, Anil y Ravendra. Obedecían a todo, a cualquier gesto que les indicase que debían llevar a cabo una acción, como coger una maleta, acercar una taza de té o cerrar una puerta, sin jamás responder una sola palabra. Incluso los vi sometidos a la tediosa tarea de sacar punta a un lápiz mientras quien lo había exigido, nuestro agente, estaba repantingado en su mesa de despacho… Pero eso nos daría para otro texto mucho más largo, el de la esclavitud en el siglo XXI en la India.

Uno de los dos chicos era el conductor que me llevaría a Agra y el otro el acompañante,que hablaba mejor inglés. El trayecto, que duró unas tres horas y media más o menos, fue casi en completo silencio, salvo por las veces que conseguí arrancarles alguna contestación a mis preguntas intrascendentes. Enseguida comprendí que no iban a darme ningún tipo de socialización y cuando paramos a mitad para tomar algo y aliviar la vejiga, decidí atacar.

Ellos me indicaron la entrada del restaurante y se quedaron afuera en la calle. No querían entrar. Cuando les forcé cogiéndoles del brazo a ambos y obligándoles a sentarse en la misma mesa que yo no daban crédito y parecían no saber donde meterse. Así que pedí por ellos y no les quedó más remedio que comer allí, conmigo, en una mesa, tranquilamente, como si fuéramos tres colegas. Nunca llegué a saber si se les indigestó… pobres… Cuando llegamos al fuerte de Agra había conseguido que me ofreciesen ya alguna sonrisa, aunque seguían parcos en palabras, pero yo no hacía más que contarles anécdotas y topicazos españoles para que sonriesen. Una vez dispuestos a entrar en el templo, les pedí que me contaran algo del mismo y, después de mirarse entre ellos, el que hablaba algo de inglés decidió soltar un par de frases del mismo, mirando al suelo y con una vergüenza de caballo.

Para saltar el escollo generado por mi ingenuidad europea, les propuse hacernos los tres una foto. No era aún tiempo de selfies ni teléfonos inteligentes, así que le pedimos a un buen señor que nos hiciera una con mi cámara fotográfica, que inmortalizó la postal que precede este relato. Juro que les hice hasta cosquillas para que mostrasen una sonrisa, pero era tal el respeto que me profesaban por ser extranjero (y, creo yo, por el miedo que pudieran tener a que yo le contase algo a sus amos que les revertiera en modo de represalia) que me costó Dios y ayuda. El resultado se ve en la foto.

La visita, en definitiva, la hice con dos guardaespaldas, si es que su escuálida figura permite llamarlos así. Eran mi sombra, pero no me hablaron ni dirigieron la palabra apenas durante las dos horas que estuve allí. Y la visita en sí resultó plagada de turistas asiáticos, más que europeos, ensuciando la fantástica vista de la postal que yo tenía en mi cabeza… no quiero imaginar lo que será ahora.

Durante el camino de regreso, para romper todavía más esa barrera invisible entre las castas que ellos y yo representábamos para su cultura, quise sentarme delante, junto al conductor, algo a lo que se negaron en rotundo. Me suplicaron que me sentase atrás y ello, junto con el traqueteo producido por la carretera deforme y la necesidad de esquivar las vacas, terminó por aletargarme de tal forma que llegué dormido al hotel.

Quise agradecerles su atención durante todo el día, pero lo único que conseguí fue un apretón de manos casi infinitesimal que terminaron con una reverencia.

Cuando me dejé caer en la cama de mi hotel reflexioné un poco sobre la jornada y di las gracias a lo desconocido por haber nacido en un país europeo, por tener la posibilidad de ser una persona independiente y volví a agradecer a Anil y Ravendra por su esfuerzo de todo un día con el pesao españolito de turno que les había caído como un sambenito.

El resto del viaje conseguí hacerme un poco más con ellos cuando llegaba a la oficina, o pedía un té antes de marchar a algún cliente y creo que mi esfuerzo, denodado y continuo, consiguió al menos prender una llama en ellos, la de la normalidad, la de la cordialidad entre personas iguales que a su vista se alejaba mucho de serlo.

Brindo por vosotros, Anil y Ravendra, allá donde estéis, veinte años después. Espero que hayáis tenido una buena vida y la fortuna os haya sonreído.

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