Mis viajes singulares 02: BERLÍN ORIENTAL (1996)

Llegamos a Berlín procedentes de Praga Laura y yo allá por el verano de 1996. Era nuestro segundo viaje juntos fuera de España (después del primero que hicimos a Estambul en 1990) y viajábamos en precario. Habíamos contratado el traslado desde la capital checa a la alemana en autobús, un trayecto que nos llevó casi cinco horas pero que no nos importó porque la juventud y la necesidad de descubrir nuevos horizontes superaba cualquier tedio.

Aquel viaje lo organizamos habiendo llegado a un consenso democrático: ella quería visitar Praga, yo quería visitar Berlín. Solución: visitar ambas ciudades. Añado ya como nota a pie de página que Praga me entusiasmó, claro. Pero yo lo que quería era ver el esplendor de Berlín, el Tiergarten, los barrios del Berlín oriental, el Reichstag, y tantas otras cosas sobre las que había leído.

Aunque nos alojamos en la parte occidental, mi objetivo claro era visitar el antiguo Berlín del este, separado por el muro, que todavía estaba en pie en aquel año, aunque ya habían pasado siete años de su caída y todo lo que conllevó. Así que tras realizar los primeros días nuestro tour organizado con una excursión en autobús que nos llevó a las grandes atracciones turísticas y por supuesto a la puerta de Brandemburgo, nos lanzamos al tren de cercanías que nos llevó hasta el Berlín oriental.

Recuerdo que mi primera impresión, y eso que ya habían pasado unos años como he dicho, es que retrocedía a un pasado lejano. Como si al traspasar una barrera imaginaria, nos adentrásemos en la época de la guerra fría. Todavía se podía respirar ese pasado influenciado por la Unión Soviética, en el escaso alumbrado de las calles, en la falta de comercios y tiendas, en la arquitectura tan distinta y supeditada a la utilidad, más que a la creatividad. Y algo todavía más impactante, la mirada de los alemanes del este. Esa mirada que, sin decir nada, te escaneaba de arriba abajo, como preguntándose qué le podría importar a un extranjero de aquella parte de la ciudad, oscura y quizá olvidada durante décadas.

Especial intensidad emocional me produjo aproximarme y tocar el muro, todavía en pie, salteado de grafitis, objetos y boquetes que los ciudadanos fueron haciendo desde que cayó y que nos ofrecía perspectivas y fondos fotográficos como el de la foto que enmarca este relato. Al fondo lo que quedaba del Bruderkuss (Beso entre hermanos), un mural que fue pintado por Dmitri Vrúbel en la East Side Gallery y que representa el beso entre Brézhnev (líder comunista de la Unión Soviética) y Erich Honecker (líder comunista de la República Democrática de Alemania).

Yo tenía un objetivo adicional con aquella visita. Encontrar a Katrin Wessel. No, no fue un amor de juventud, fue una compañera de estudio. Una coestudiante de inglés, con la que compartí clases en Edimburgo, allá por el verano olímpico de 1992. Una persona que me contó su experiencia viviendo en Berlín oriental, me narró su experiencia vital en la que el régimen le había impuesto en qué tenía que trabajar, como camarera, aunque en realidad lo que ella siempre había querido era ingresar en la Universidad. Que no había tenido ninguna opción de elegir su futuro y que le había venido dado, junto con el apartamento donde había vivido toda su juventud, que no era de su propiedad, sino del estado, y cómo su vida estaba compartimentada de una forma que otros habían decidido por ella. Cuando me contó, con nuestro inglés (en aquel momento) muy macarrónico y deficiente, toda su peripecia vital, me quedé impactado. No podía creer que hubiera podido conocer a una persona que realmente vivió el comunismo en su expresión literal.

Cuando estudiábamos en Edimburgo, recuerdo como anécdota, un baile escocés al que nos invitó la universidad donde estudiábamos todos los estudiantes europeos, que se llevaba a cabo en una sala rectangular en la que todo el mundo se sentaba alrededor, en el perímetro, y luego se bebía y se salía a bailar. Ni Katrin ni yo éramos muy bailadores así que empezamos a charlar y ahí es cuando, entre grito y baile escocés supe de toda su vida bajo el yugo comunista.

Por unas razones u otras seguimos comentando más el resto de días en Edimburgo, sin duda porque el francés que convivía con la misma familia que yo era un tipo más soso que un pan sin sal y porque el resto, la mayoría, eran italianos o españoles, de los que yo huía para mejorar mi inglés.

Cuando regresé a España perdí el contacto con ella durante años y cuando programamos nuestro viaje pensé en que quizá podía contactarla para ver qué tal le iba. Me recuerdo con Laura buscando una dirección en Berlín oriental como si fuésemos personajes de una película de espionaje durante la Guerra Fría y temiésemos que la Stasi nos detuviera en cualquier momento. Laura fue siempre paciente con este empeño mío en encontrar aquella calle y número, algo que siempre le agradeceré porque no fue nada sencillo. En aquel tiempo no había internet, por supuesto, y funcionábamos con un plano en papel, mucha intuición y peticiones a la suerte, y finalmente después de casi una hora caminando, dimos con la casa.

Imaginad el momento. Una persona de la que no sabes nada durante más de siete años y que ni te imaginas que pueda contactarte en otro país, con quien ni siquiera has hablado por teléfono, llama a tu puerta y sí, allí estaba. Katrin, varios años después. Su sorpresa fue mayúscula y todavía más cuando yo comencé a hablar con ella en alemán. Sí, en esos siete años yo había aprendido alemán, alcanzando incluso más nivel que el que teníamos los dos de inglés en 1992.

Ninguno de los dos nos lo podíamos creer y Laura no hacía más que sonreír y reírse de nuestras caras de estupor. Enseguida nos fuimos a una cafetería a tomar una buena cerveza berlinesa y a contarnos qué había sido de nuestra vida, de nuestro inglés y de nuestros sueños. Recuerdo que lo primero que dijo Katrin fue algo así como que «¿esta Laura es la Laura que era tu novia cuando estuviste en Edimburgo?». Así era, se acordaba de que le había hablado de mi novia, ahora a punto de convertirse en esposa y preguntándonos qué estábamos diciendo de ella.

Todo fue increíble. Son esos momentos que se quedan grabados en la memoria con muchos detalles insignificantes pero que conforman la vida emocional de cualquier persona.

Pasamos un par de días más, ella nos acompañó a descubrir lo que había sido su mundo, entonces ya en pasado, porque había conseguido entrar en la Universidad, graduarse y trabajar en ella como profesora, había podido cumplir su sueño y cuando nos narró de nuevo el momento en que se enteró de la caída del muro se nos erizaron los bellos por la emoción que nos transmitió: vio en televisión la noticia y, tal cual estaba vestida, en zapatillas, sin cambiarse ni pensar en lo que iba a hacer corrió a la calle para gritar libertad y para vivir en colectividad algo que le pareció impensable durante años.

Es por experiencias vitales como esa, o como la de mi amigo AbdelKarim que quizá cuente otro día, por las que yo creo que siempre queda espacio y tiempo para que algo bueno llegue, para cumplir los sueños que uno ha tenido, y que le han parecido inalcanzables. Pero la vida me ha enseñado, con muchas experiencias, que lo inalcanzable se convierte, en bastantes ocasiones en real. Y por ello debemos luchar, por alcanzar los anhelos que nos dan la felicidad, aunque el horizonte sea negro, aunque lo que estamos viendo en el mundo ahora nos lo niegue, aunque no veamos una luz al final. Estoy seguro de que la habrá y también lo estoy de que Katrin la vio.

Hace ya un tiempo largo que no sé de ella. De nuevo nuestras vidas perdieron el contacto aquejados por la prisa y la acumulación de responsabilidades e inmediatez necesaria, pero estoy seguro de que le irá bien.

Como le dijo Almodóvar a Carmen Maura en unos premios Goya, si el muro de Berlín ha caído, cualquier otro muro que nos rodee puede caer en cualquier momento.

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