80 segundos

Había corrido con todas sus fuerzas hasta conseguir perderlos de vista durante un par de manzanas. Cuando llegó a su apartamento y cerró la puerta tras de sí, mantuvo la respiración con el corazón a mil por hora, consciente de que su futuro inmediato se decidiría en breve. Desinfló sus pulmones, se adentró en el salón y guardó silencio.

Pero, poco duró su quebradiza calma. Escuchó pasos y gritos llamándola por su nombre y su puerta retumbó como si estuviese a punto de caer.

Debía pensar rápido qué hacer con el microfilm. No podía permitir que la capturasen con él. Sería su sentencia de muerte. «¿Dónde podía esconderlo?, pensó. Lo obvio era buscar un lugar inimaginable, en el que nunca buscarían. Pero no se le ocurrió ninguno. La prisa, la ansiedad generada por los aporreos en la puerta y el miedo enturbiaban su capacidad de raciocinio. Debía pensar rápido. Ser más imaginativa que ellos. «Tal vez un sitio que está tan a la vista, que no lo parezca como tal». Los segundos pasaban y su pensamiento se ofuscaba más y más cargado de miedo.

«¡Abre la puerta de una vez, maldita traidora o echamos la puerta abajo!», oyó con enorme desasosiego. Sabía que iban a hacerlo de cualquier modo y que no podía evitarlo. ¿Saltar por la ventana? ¿Desde un octavo?… Definitivamente no. Además, su prioridad era salvaguardar la información que contenía y que permitiría salvar la vida de los agentes encubiertos en la célula yihadista.

Por un momento su entereza flaqueó y pensó que lo único que restaba era rendirse y pedir clemencia… Y la puerta se reventó. Los captores entraron en tromba fusiles en mano y entonces, como si una descarga puntual de adrenalina le atravesase el cerebro, actuó como siempre había hecho en sus misiones. Cuando vio los cañones apuntándole a la cabeza, el microfilm descendía por su esófago y supo que viviría.

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