LLORAR

¡Qué bueno es llorar… y qué malo también! Todo depende del motivo, claro está. Llorar desahoga la angustia, desanuda la testuz, amaina la vorágine de la pena y relaja la musculatura completa.

Llorar. Un verbo que hasta hace no tanto tiempo estaba casi vetado para los hombres, los hombres de verdad (como decía Alaska). Llorar, un verbo que deberíamos conjugar sin tapujos, practicarlo, comentarlo y hasta, por qué no, utilizarlo como terapia individual.

Llorar es bueno y necesario. En algún sitio he leído que quien ha perdido la capacidad de llorar, de emocionarse con cualquier pequeña cosa, ha perdido la capacidad de amar. Debe ser cierto.

¿Que por qué escribo sobre este verbo, llorar? Debe ser porque la tensión que tengo acumulada ha llegado a un pico, a una presión de ruptura del todo y antes de que explote, mi cabeza le envía un mensaje a mi cerebro y le pone a trabajar las glándulas lacrimales.

Mi capacidad de emocionamiento es sublime últimamente. La última ocasión, mirando la serie LA UNIDAD:KABUL. Tremenda serie, bien narrada y documentada que cuenta una realidad imposible para todos los que lamentablemente han tenido que vivirla, la llegada de los Talibanes al poder en Afganistán. Pero mis lágrimas resbalan con mucha facilidad cuando veo entregar un premio de un concurso, cuando escucho una melodía de final de película romántica, cuando leo ciertos pasajes de novelas que me conmueven, ante escenas de ciertos programas de televisión en los que se tratan las injusticias…, al mirar una foto de mi madre, o al escuchar a mis hijos felices… la lista es enorme. Y esto me hace plantearme una pregunta ambivalente: ¿Estoy muy mal anímicamente? O ¿estoy muy sano y emocionalmente muy conectado con el arte, con la belleza, con la bondad?

¿Quizá son las dos cosas? ¿Quizá ninguna de las dos y simplemente son los cincuenta y tantos?

La dosis de tensión, estrés, acumulación de problemas y sensación de vivir en un torbellino sin control ayuda, sin duda, pero también la fina seguridad de que al final, después de todo el caos y de la falta de visibilidad, habrá una salida para todo y un final con solución también están ahí y es esa fina línea la que conecta, creo yo, con mi capacidad de emocionarme y me permite, en última instancia, respirar.

Porque, no os lo perdáis, la llorera de partirme de risa con cualquier chiste fácil, con alguna escena desternillante, tampoco falta.

Sé que mis lagrimales funcionan, están lubricados y permiten la salida de las lágrimas, esas que tanto cuesta a muchas personas exhibir. A mí, sin embargo, me visitan tan a menudo que las considero como compañeras de un momento vital agitado, inquietante por momentos y muy activo. Un momento de una década que no es el mejor que he vivido, pero que estoy seguro pasará, igual que pasó la COVID, igual que han pasado otros. Pasará, pasará. Seguro.

Voy a quedarme con el llanto por la risa, con la carcajada estomagante, con la desternillante posibilidad de llorar por algo divertido. Sí, esa va a ser mi preferido a partir de ahora.

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