
Eran las cuatro y diez de la madrugada cuando el escenario principal del FIB se vistió con el último Dj de la noche. Arturo casi no podía caminar. Después de muchas horas de baile, alcohol y alguna que otra ayuda química, sus piernas decidieron descansar por él y le obligaron a sentarse en medio de la explanada principal.
Apenas veía con claridad lo que tenía a su alrededor y mucho menos podía escuchar los sonidos que lo circundaban. Todo le daba vueltas y su cabeza había entrado en una espiral de señales sensoriales multidimensionales que lo transportaban a una realidad paralela e irreal.
Por un momento intentó centrar su atención para ser consciente de dónde se encontraba y de quién era. Le fue imposible. No recordaba nada. No podía pensar ni actuar con lógica. Sólo quería descansar y dormir… dejarse llevar por la ola de paranoia y meta realidad que estaba sintiendo.
No podía reconocer a nadie a su alrededor. Le parecía extraño, que estando en medio de una multitud, no encontrase ninguna cara conocida. Sólo un nombre le venía a la cabeza, Patricia… Patricia… Patricia… ¿Por qué no estaba allí con él? ¿Lo había abandonado? Él era en realidad quien quería abandonarse. Abandonarse y dejarse ir en esa ola de realidad alterada que estaba experimentando.
El dúo estadounidense Masters at work comenzó su sesión pinchando música disco mezclada con sonido Filadelfia y fusionada a través de un filtro de electrónica y aquel sonido transportó a Arturo a un metaverso sonoro en el que su cuerpo avanzaba flotando sobre las ondas musicales, con borbotones de beats y pequeños masajes en su espalda realizados por la batería rítmica y machacona del arreglo. Fluyó y se hizo líquido. Desconectó sus piernas de su cerebro. Se tumbó finalmente en un suelo abarrotado de vasos de plástico, derrames alcohólicos y colillas, además de algún que otro fluido corporal y rodeado por miles de zapatos y piernas moviéndose sin parar. El volumen del sonido que salía del escenario se quintuplicó y comenzó el último concierto del FIB. Arturo ya no podía distinguir con claridad si lo que estaba sintiendo era realidad o tal vez un sueño. Sus oídos bebieron la música y se atragantó con ella. Por un instante imaginó que iba a morir ahogado por la melodía que sonaba a volumen brutal. Le pareció que sería una muerte feliz. Un final líquido, calmo, en el que por fin descansaría. Lo necesitaba. Necesitaba ese final. Y fluyó.
A la mañana siguiente los noticiarios dieron cuenta del revuelo formado cuando se encontró un cadáver en la explanada principal del FIB. La autopsia fue clara: murió ahogado por su propio vómito.
