Vuela alto, Peacocks… y recuérdanos.

Hace un par de años escribí un post cuando Rainbow, nuestra periquita amarilla, nos dejó que se tituló: ¿Se puede querer a un pájaro?

Hoy la pena atenaza mi garganta cuando despido a Peacocks, nuestro periquito azul, que ha vivido con nosotros una década. Diez años en la vida de un periquito lo es todo, pero también en la vida de una familia. En todo ese tiempo, hemos compartido madrugones en oscuridad en invierno, para ponerme a escribir, siestas tranquilas en el sofá, ratos de lectura agradables con su canto de fondo, alegrías, tristezas, una pandemia, la salida de mis hijos de casa para irse a la universidad o la muerte de mi madre. Eso es, la vida.

Una vida cuya rutina pasaba por darle los buenos días al alba, ponerle su comida favorita después de desayunar yo, una hoja de lechuga o una rodajita de manzana (lo intenté con la pera, el pepino, la zanahoria… pero nada, Peacocks, eras de ideas fijas), y conseguí, ya en las últimas semanas de vida que te acercases a mi mano cuando lo ponía a tu alcance y comenzases a picotearlo sin miedo a mi presencia.

También me despedía de ti cuando me iba de viaje, asegurándome que te dejaba comida y agua extra, bromeaba cuando nos íbamos todos de casa diciéndote que te quedabas de guardián de la misma, preguntándote qué tal te había ido el día o interpelándote para que te callaras un poco en tu piar infinito cuando tenía una video llamada. Cosas de la convivencia.

Me gustaba ver cómo te atusabas las plumas, cuando convivías con Rainbow, cómo lo hacíais uno a la otra en un baile amoroso divertidísimo y también era sorprendente escuchar la intensidad de tus cantos en algunos momentos del día, sobre todo por la mañana. Especialmente curioso para mí era notar que cuando Laura bajaba al piso de abajo, antes de que llegase, ya por las escaleras, tu piar cambiaba, era más intenso, más característico, una conexión con su presencia que nunca experimenté conmigo, como si tuvierais una conexión silenciosa y especial.

Siempre me admiró verte dormir en vertical colgado del pico, supongo que motivado porque, debido a tu edad, tus garras estaban deformadas… pobre.  Nunca te gustó el nidito de mimbre que pusimos… no era tu rollo. Ni el columpio (era territorio de Rainbow), pero sí la maderita en la que a veces te dejabas depositar y dormitar. Tuvimos que recurrir en una ocasión al veterinario cuando te pusiste malito, y tuvimos que cambiarte a una pequeña jaula individual para no contagiar a Rainbow. Y, con mucha paciencia, tenía que cogerte con la mano, abrirte el pico, y darte el antibiótico y la papilla. Jajaja Eso lo recuerdo con mucha emoción porque te salvó y a las dos semanas estabas otra vez pizpirete como siempre.

Ahora has comenzado tu último viaje, espero que muy alto, pero sin quemarte. Vuela lejos, explora el otro plano, busca a Rainbow y sobre todo recuérdanos. Nosotros nos quedamos con tu recuerdo, tus fotos y los videos que guardamos de ti y nunca te olvidaremos, por supuesto.

¡Que seas muy feliz en esa otra vida o universo de los pájaros, si es que existe!

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